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Sonata para un colibrí

{ Texto de presentación de la novela Los colibríes no saben de domingos, de Jorge Fernández Souza, en Mérida, Yucatán, el domingo 11 de marzo de 2024.}


Por: Rubén Reyes Ramírez  


Preludio en el bosque

“la memoria y la imaginación” son las armas primordiales de un escritor. 

Esta afirmación con certeza puntual de Isabel Allende la escuché en su intervención en el Castillo de Chapultepec en 2021, a través de una señal de internet que la trajo por sobre los pinos y ahuehuetes del bosque hasta mi patio junto a la flor de mayo. 

Ahora, al recordarla se me hace presente en la imaginación con una doble direccionalidad:

Esas “armas”, pensé en principio, le son útiles no solamente al escritor, sino a cualquier hombre y mujer en el mundo actual. La Historia, que no es sino memoria hecha texto –dice un aserto clásico– es “maestra de la vida”. Es que “Cuando no recordamos lo que nos pasa nos puede suceder la misma cosa. Son esas mismas cosas que nos marginan, nos quitan la memoria, nos matan las ideas, nos queman las palabras.” (Nebbia, 1984)

Y la imaginación, aun sin desprendernos del instante del ahora que es el único real, nos permite transgredir su inmediatez, muchas veces sórdida, y abrirnos a otros mundos posibles.

Luego, al pensar en la presentación de esta obra, a mí en lo personal, por los reflejos de un juego de espejos, me surgió en la memoria la silueta de Jorge Fernández. A él –ese licenciado a quien le decían el Cando– lo conocí en una asamblea de algún sindicato independiente en Mérida, a donde acudimos varios estudiantes porque debía asistir Valentín Campa. Durante el evento, el asesor Fernández redactó y presentó un documento para la opinión pública que me impresionó por la solidez y claridad de su argumentación. 

Al iniciar la lectura de su relato, comprendí que en éste la memoria reviste un sentido no sólo medular, sino fascinante y cargado de expectativas e inquietud. No en balde el autor elige el contrapunto de estos epígrafes admonitorios como portal del mundo de lo narrado:

“Fue. Nunca volverá a ser. Recuérdalo.” Paul Auster.

“Lo que de veras fue, no se pierde; la intensidad es una forma de eternidad.” Jorge Luis Borges.

Y los cierra con un leve guiño poético de indulto, tal vez para sí mismo.

“Aunque nada pueda hacer 

volver la hora del esplendor en la hierba, 

de la gloria en las flores, 

no debemos afligirnos 

porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.” William Wordsworth

A su vez en cuanto al valor de la imaginación, acaso como un salvoconducto para abrir el horizonte prohibido de la esperanza, apunta este texto cantado por Rubén Blades:

“¿Quién cree que no hay manera 

de dar a su historia un mejor final?

Sigamos respirando, 

también por los demás, 

porque la causa es buena, 

no me canso de tratar.”

Ya en ocasiones distintas y distantes había conocido la labor de Jorge Fernández como Director de la División de Ciencias Sociales y Humanidades, Unidad Azcapotzalco, en la UAM (1992), y leído sus relatos de Reunión, Brigada para leer en libertad (2019). Sus reflejos brillaron en mi imaginación, donde se dibujaba con una certeza puntual el deseo de ser también un escritor.

Desde entonces y a lo largo de los años, a Jorge y a su pluma los he apreciado y reconocido, hecho que admito abiertamente, pues esto incide en forma ineludible en mi lectura de esta obra suya; lo cual no por ello deja de permitirme una mirada justa y franca que es la manera genuina de serle leal.

 

Interludio en la fuente

Ante la lectura de la novela que ahora nos reúne, Los colibríes no saben de domingos, de Jorge Fernández Souza, la frase de Isabel Allende reviste una vigencia mutua e interactiva entre el autor y el texto.

En esta obra, memoria e imaginación dialogan y se entrecruzan como esferas deslizantes de realidad y ficción. Historia y literatura se yuxtaponen y conjugan, se desdoblan y reconfiguran en el discurrir del relato ficcional de una realidad que cobra existencia y se realiza en la realidad vital de su ficcionalización.

El ser material de la obra es naturalmente el texto, que constituye la fuente de papel. Es una narrativa escrita, a la manera de un relato novelesco o una novela. Por el contexto y algunos sucesos reales a que alude, el relato gravita en los ámbitos fronterizos de la novela histórica.

Carlos Mata Induráin sostiene que este “género narrativo contribuye a la memoria colectiva de un pueblo y, por ello, a profundizar la libertad”: “Presente y pasado se hermanan en la novela histórica: por un lado, la visión del pasado se ilumina con los conocimientos del presente y, a su vez, la comprensión del pasado enriquece la del mundo actual y nos hace mirar con ojos nuevos al porvenir [...]” (1998, p. 59). 

En un primer deslinde de lo que hay de realidad y de ficción en la novela, es factible señalar que el contenido histórico se sitúa mayormente en el contexto, en tanto que el imaginativo se expresa con más libertad en la trama personal.

Es justamente en el contexto donde se halla el suceso histórico que da origen a este relato. Se trata del asesinato en 1974 del dirigente sindical Efraín Calderón Lara, “Charras” –un inolvidable crimen de estado en Yucatán–, y el sorprendente movimiento estudiantil-sindical-popular que desató, sacudiendo con su amplitud y vigor el letargo de décadas de la sociedad yucateca –desde el magnicidio en 1924 del gobernador Felipe Carrillo Puerto–, en los días más crudos de la guerra sucia contra los grupos de izquierda en México.

Ese momento del contexto nacional correspondía a un estado avanzado de degradación del régimen político autoritario del PRI como partido hegemónico –el cual había experimentado un claro punto de ruptura con la represión del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco– y acusaba que la llamada apertura democrática que pregonara el gobierno del presidente Luis Echeverría era en realidad la máscara de una política de cerrazón que encubría una estrategia sangrienta contra los esfuerzos que pugnaban por una transformación estructural.

Ante ello, los grupos y organizaciones de la izquierda debatían y se dividían en torno a la vía revolucionaria, pacífica o armada, para alcanzar la democratización y el socialismo en el país.

La influencia de ese contexto está a tal grado presente en las acciones, los conflictos y motivaciones e incluso en las expectativas de vida de los personajes de la novela, aun en los tramos existenciales en que se alejan del escenario directo, que se presenta como un actor de reparto, colectivo –común y múltiple a un tiempo–, o al menos como la atmósfera germinal y mantenedora del espacio de un nosotros –los trabajadores y el pueblo– y demarcante de los afueras de ellos –los patrones y el gobierno–, en cuyo seno se viven las tribulaciones y esperanzas y los acechos de las traiciones. 

La presencia misma del protagonista –un pasante de economía capitalino  convertido en asesor sindical– su arribo a Yucatán y su involucramiento en las circunstancias del relato responden a la intención de reforzar el sindicalismo independiente y dar continuidad al movimiento tras el golpe del crimen de su dirigente.

En cuanto a la historia ficcional, con una lente técnica, pudiéramos observar que la obra se plantea desde la perspectiva de un narrador-personaje, protagonista de la rememoración de sus vivencias, distantes en el tiempo, pero cercanas en la emoción del recuerdo y la nostalgia. Éstas lo conducen a un viaje al pasado en búsqueda de esos instantes tatuados en su entrecejo, a la manera de una empresa de arqueología espiritual.

Al iniciar el relato, un viaje circular de memoria e imaginación entre un  presente y un pasado existencial, el protagonista anota:

“No se asoma uno al pasado sin correr algún riesgo. Me lo había dicho el Abogado. Impensado o previsible, el riesgo siempre está ahí cuando escudriñamos lo que fue o lo que pudo haber sido. El Abogado me lo advirtió, pero yo no estaba para hacerle caso…” (Fernández Souza, 2023, p. 11)

Dicha perspectiva del relato actúa como “una especie de tamiz de conciencia” a través del que se filtra y se trasluce la información histórica “transmitida por medio del discurso narrativo”. (Pimentel, p. 98) 

Se trata de una narrativa en que el mundo narrado aparece sostenido por un narrador-personaje, quien mantiene una relación dual de involucramiento con ese  mundo: por momentos con un carácter de participación y en otros meramente testimonial. 

El narrador-personaje de la obra, cuya voz se nos presenta comúnmente en primera persona, reviste en el mundo de este relato dos niveles narrativos: desempeña el papel de sujeto principal de la enunciación y el de actor discreto de la historia. (Pimentel, p. 136, 137)

Ese personaje, quien es conocido únicamente como el asesor sindical, en la trama de la historia ficcional escucha y se conjuga con algunas voces que se le asoman  como resonancias esporádicas, frases como ecos o murmullos de siluetas más bien incidentales ante sus pensamientos, que solamente ciertas veces adquieren la estatura de interlocutores con visiones propias mediante diálogos relevantes.   

La gran excepción de esta dialogicidad autocentrada del narrador será, naturalmente, la joven Aniu, trabajadora activista con quien aquel entabla una relación amorosa breve, pero intensa, de un vértigo torrencial.


“Esta vez fue ella la que me besó y me hizo sentir su cuerpo completo. Toqué su espalda, sus brazos y sus piernas y supe que había querido hacerlo desde la primera vez que la había visto sonriéndome en la asamblea. 

Nuevamente sin decir nada más, se levantó, se sacudió con rapidez la arena, me hizo incorporarme, rodeó mi cintura con su brazo y me llevó por el camino a la casa. Cuando pasé mi brazo sobre sus hombros y mientras caminábamos besé el ligero aroma a sal perfumada de su pelo.” (Fernández Souza, 2023, p. 69)


La búsqueda en el pasado, entre la hojarasca del tiempo, de aquella Aniu o quizá del resplandor de esos instantes de agitación –angustias y alegrías compartidas de los compañeros– constituye el motivo que desencadena el acto creador del mundo del relato y ubica a la joven como su destinataria explícita.

Ahora bien, en la medida en que el conjunto de la trama narrativa se asume desde el filtro de la perspectiva del protagonista, y tanto su cercanía como sus alejamientos se producen en forma vinculada, subjetiva e intersubjetivamente, a las peripecias de ese entorno existencial, el relato adquiere un registro ficcional con rasgos autobiográficos.

En estricto sentido, son dos los personajes que sostienen  la trama íntegra de la obra, cuyas historias se sugieren como vidas paralelas– la del asesor y la de Aniu. Aunque sus presencias ocupan espacios asimétricos en la extensión del relato –mientras que la biografía ficcional de aquél aparece en todas las partes de la novela y la de ésta únicamente en la primera y la última– la silueta latente de Aniu actúa como un agente rector de la búsqueda o del viaje al encuentro del ayer.

Estructurada en cuatro partes –la repetición de la cuarta parte, al inicio titulada “Búsqueda en reversa” y al final “Los domingos no trabaja”– muestra de manera explícita el carácter circular de la novela.

En las partes intermedias discurren, en la superficie y en la sombra silente, las experiencias vitales de ambos personajes: él, acosado por una sospecha de militancia en un grupo armado, se ve impulsado a un exilio protector en París que a un tiempo lo aleja del movimiento y amplía su visión política del mundo. Ella en cambio se mantiene en un activismo sindical en varias experiencias –sobre todo con otras mujeres– hasta que las necesidades de su dinámica familiar la llevan a convertirse apenas en una simpatizante.

La convergencia del plano personal y el de la actuación sindical se expresa simbólicamente en la imagen de un colibrí durante cierta asamblea en domingo:


“En un momento ella me tocó con más fuerza con el codo y me indicó con la mirada que yo volteara hacia donde estaban las flores. 

Afanoso, un colibrí introducía con prisa la gracia de su pico, primero en una flor, luego en otra y en otra. No se detuvo en la rosa solitaria, y como si escogiera por gusto o por precaución, evitaba las vicarías y se dedicaba a los platanillos, a los tulipanes mexicanos y a otra flor a la que en Yucatán siguen llamando xcanlol, por su nombre maya. 

(...) Ella, en voz muy baja y acercándose a mi oído, me dijo: 

—No deja de trabajar. Es como nosotros dos con los compañeros que organizan sindicatos y que estamos siempre preocupados por los trabajadores. Y como nosotras en la empacadora que nos obligan a trabajar en cualquier día, aunque sea domingo. Él también está todo el tiempo en actividad. Pero él no lo sabe, no sabe qué día es hoy. 

(...) Preferí devolverle el susurro (...): 

—Sí, no sabe qué día es hoy. Los colibríes no saben de domingos.” (Fernández Souza, 2023, p. 76)


La convergencia de lo personal y lo sindical expresada en un simbolismo de la naturaleza significa también, para mí, el hecho de que la ambivalencia entre memoria e imaginación se resuelve en una naturaleza imaginaria, y que en la dualidad ondulante historia y ficción prima el carácter ficcional del relato. Ello hace de éste, en definitiva, una creación de literatura.

  La factura literaria, patente en toda la obra por su lenguaje directo y elegante, a momentos sutilizado con matices subjetivos, se advierte claramente en algunas señales como éstas: 

La advertencia del abogado en cuanto al peligro de revisitar el pasado, expresada y reiterada en las partes de inicio y cierre del relato, lo cual enfatiza su estructura circular. 

Las alusiones a ciertos personajes apenas con párrafos breves que permiten esbozar su personalidad: “El sobre tiene una letra muy rara. Es como de niño, como de alguien que estuviera apenas aprendiendo a escribir. De trazos grandes, como si la dibujaran con dificultad.” (Fernández Souza, 2023, p. 129)

“Pero así ha sido mi hermana: percibe y pregunta más allá de lo que está a primera vista, como si su mirada alcanzara lo escondido detrás del horizonte visible. Al menos conmigo, Clarita siempre ha tenido ese don.” (Fernández Souza, 2023, p. 171)

Las descripciones concretas de los sitios cercanos y distantes visitados, que muestran un conocimiento vivencial del protagonista. Tales rasgos contribuyen a la creación de una atmósfera de coherencia y cercanía  del texto.

Por la temática de esta obra que bordea en un viaje imaginario entreverado de personajes y contextos fronterizos de realidad y ficción  –sin pretender precisiones de géneros literarios–, observo que se inscribe en una vertiente de novelas Mexicanas  y Latinoamericanas. En dicho cauce podríamos apuntar: La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán (1929); La tierra enrojecida, de Antonio Magaña Esquivel (1951); El recurso del método, de Alejo Carpentier (1974); El general en su laberinto, de Gabriel García Márquez (1989) y La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa (2000).


Epiludio en la penumbra

Para explorar en el ámbito en penumbra del impulso creador del autor, en la intención o intenciones primordiales que lo motivaron a escribir una obra como ésta, sin despegarse del texto es ineludible aventurar una interpretación, mirando al contexto en que fue escrita y al sendero existencial del creador.

Del contexto sociopolítico de Yucatán y del país en los días a que nos remite la novela de Jorge Fernández Souza, he hecho ya una breve referencia. Vale acaso subrayar únicamente que, como se señala en la obra, tanto la vía legal pacífica como la subversión armada en cuya disyuntiva se debatían los personajes fueron violentamente reprimidas por el Estado. Las similitudes y diferencias entre ese momento y nuestro tiempo, secularmente marcados por la miseria y la desigualdad,  serían objeto de una reflexión aparte, pues, a mi juicio, las cosas siempre cambian, trascendiendo e incluyendo el pasado. 

Pareciera quieto en mitad del aire, pero el colibrí está volando. 

En cuanto a los posibles motivos del autor, el hecho afortunado de conocer a Jorge Fernández me permite apoyar un par de hipótesis:

En principio, pienso que una de las preocupaciones existenciales constantes de su vida fue la encrucijada entre mantenerse en la arena directa de la lucha junto a los trabajadores o asumir una experiencia distante en la academia como profesor e intelectual.

En forma similar al personaje del relato, que sin perder su conciencia en favor de una transformación radical se sitúa finalmente en una postura indirecta respecto del movimiento popular, Jorge Fernández, con acercamientos intermitentes a distintos escenarios políticos, se ubicó centralmente como un intelectual crítico de izquierda, atento siempre a las coyunturas de la vida pública nacional. Esto se trasluce en el diálogo de la cantina-bar (Fernández Souza, 2023, pp. 213-223) en un reencuentro con el abogado yucateco, quien parece el alter ego de su propio pensamiento.

En segundo término, subyace en él el propósito de afrontar el riesgo de la memoria de sí mismo y de muchos compañeros y compañeras. 

“—La memoria es cabrona. 

—No. El cabrón es el olvido. La memoria es débil cuando se rinde a él y es cabrona cuando falla con algo que no debiera olvidarse.” (Fernández Souza, 2023, p. 14)

Acaso el testimonio del recuerdo sea el último tributo posible para esos hombres y mujeres que han luchado y aún hoy luchan por un trabajo y una vida más dignos. En particular para sus dirigentes víctimas de la represión criminal –tales como Efraín Calderón Lara y Raúl Pérez Gasque y su compañera Elisa– asesinados a manos del gobierno, hoy hace cincuenta años.

Pudiera en este ejercicio de la memoria cobijarse un resquicio de optimismo –no como expiación de culpa–, sino como indulto personal y sueño esperanzado, “candoroso” al fin, de que el rescate del olvido de aquellos sucesos es en el fondo un conjuro: la forma de exigir que nunca más ocurran.

Hoy es domingo, tu colibrí revolotea en nuestras manos. Lo comprendemos, Jorge. Así lo decía el “Memorial de Tlatelolco”, de Rosario Castellanos:

“Recuerdo, recordamos. Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca.”


Mérida, Yucatán, marzo de 2024.


 

Referencias

Castellanos, Rosario. (1972). “Memorial de Tlatelolco”. En En la tierra de enmedio.

Fernández Souza, J. (2023). Los colibríes no saben de domingos. Kóokay Ediciones.

Mata Induráin, C. “Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica.” La novela histórica. Teoría y comentarios, editado por Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata, EUNSA, 1998, pp. 13-63.

Nebbia, L. (1984). “Quien quiera oír que oiga” [canción]. En Evita, Quien Quiera Oír Que Oiga (Original Motion Picture Soundtrack) / Los Trabajos de Nebbia y Mignogna.

Pimentel, Luz Aurora. “Mundo narrado II: La dimensión temporal del relato”. El relato en perspectiva: estudio de teoría narrativa. México: siglo veintiuno editores, 2017. Impreso. 

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