El diestro desempeño en "Nunca Dejes de Desarme", de Alexey J. Lora

Actualizado: 22 ago




Cuando la editora me invitó a presentar este libro, me entregó un ejemplar plastificado, miré la portada, y dije sí. Cuando miré la solapa, me encontré con el nombre del autor real, Francisco Lora Castro. Hace dos días, un curioso lector me comentó que probablemente el chico de la portada, que está sentado a la derecha, fuera el mismo Francisco, porque lo tiene como seguidor en Instagram. Y yo, habiendo leído el libro, revisé de cerca la foto, y entonces, me fijé que el hombre maduro de la izquierda, tenía el cabello un poco gris… ajá, le respondí, pues este bien podría ser Alejandro, personaje de esta historia.

De ser así, qué interesante que hubieran posado juntos… y que Francisco quisiera jugar a compartirle al mundo una parte de sus relaciones de pareja. Están de espaldas, y esto dice mucho, pero no se trata de hacer el análisis de la imagen, sino de mencionar que la han aprovechado para convertirla en parte de una ingeniosa propuesta: desdibujar fronteras entre ficción y realidad, entre narrador y autor real, entre la apertura consciente del sí mismo autobiográfico y la dosis perfecta que a un lector ideal pudiera atrapar.

Y hay más desdoblamientos: Francisco, el autor real, es también Alexey, nombre artístico con el que firma esta obra. Pero, a su vez, Alexey juega a desdoblarse en Candito, el narrador personaje, cuyos rasgos hace coincidir con los de Francisco: ambos tienen la misma profesión y a ambos les gustaría llegar a ser reconocidos escritores. Francisco nació en Yucatán, igual que Candito. Y como estas maravillosas coincidencias en los niveles narrativos, hay otras, referentes a lugares y costumbres que los lectores yucatecos podríamos identificar con facilidad.

En cuanto a la identidad de los personajes, la más lograda es la del narrador, quien abre la llave para vaciarse, no solo en la realidad de su vida ficcional, sino en un diario que pocas veces menciona, pero que juega un papel importante en la tesis de la obra: hay que llegar a ser diestro en el amor, y aunque nadie nos enseña cómo, Alexey propone la escritura como apoyo en todo momento que amerite revisar, clarificar, ordenar y ser menos subjetivo durante las crisis. Así que nuestro personaje tiene un rasgo muy verosímil, pues está ubicado en la pandemia y lleva a cabo un proceso terapéutico.

Otro detalle interesante es el efecto de circularidad de la historia, pero no porque el discurso en sí fuera circular, sino gracias al juego de los niveles realidad-ficción, que he comentado. ¿Qué nos plantea como lectores este efecto? Para mí, que Alexey-Candito nos trae un espejo, uno de aquellos en los que nos podamos permitir ver más allá: el libro propone que adoptemos la figura de Alejandro en nosotros, porque cuando el libro termina, el narrador personaje nos está invitando a leer de nuevo, ahora desde la mirada de quien ha mentido y no desde la perspectiva de quien sufrió engaños. Sin duda, es un ejercicio psicológico serio que todo buen lector podría aprovechar, si así lo desea.

Ya les conversé de los niveles, del discurso narrativo, y ahora quisiera continuar con este asunto del valor psicológico. Pasemos, entonces, a la dimensión actorial, el ser y hacer de los personajes, que nos arrojaría un tesoro en materia de creencias, suposiciones, juicios de valor, todo lo cual nos llega muchas veces de forma inadvertida, naturalizada por el contexto del que surgen las voces. Me parece relevante lo que este libro abona a la narrativa sentimental. Me refiero a la configuración de un personaje central que asume que se conoce a sí mismo un poco mejor que el común de las personas; que ha aprendido a gestionar sus emociones, que se expresa en términos muy claros en cuanto a la honestidad, precisamente porque a lo largo de la historia se configura honesto, y hasta se lamenta de haber sido ingenuo; y que, incluso, parece tener habilidades para identificar los problemas psicológicos de su pareja. Tenemos un personaje gay que aun cuando se muestra emocionalmente inestable, está consciente de las señales que lo podrían poner en riesgo, y hasta a veces, cree leer signos del peligro donde quizá no lo habría.

¿Cuántos Canditos habrá en la narrativa yucateca que hayan buscado algo más que tocar fondo, desgarrarse o morir demasiado jóvenes? Lo ignoro, pero en ese común denominador este personaje ya no encaja más. Y lo celebro. Tengo la impresión de que el más hermoso tesoro de Nunca dejes de besarme no consiste en acentuar las formas de violencia en una relación de pareja, sino en contemplar los modos en que las dos partes han cedido para darse una segunda oportunidad. Y bueno, si tan solo llevaban cuatro meses de vida compartida, podemos decir que apenas va a comenzar el asunto de la verdadera convivencia.

Con doce capítulos breves y un epílogo, el libro cierra el universo amoroso con excelente logro, estoy satisfecha, pero ¿qué pasa? ya los tengo ante mí, ¿se dan cuenta?, miren, en el Parque de las Américas, en esta banca de cemento… se reúnen para sobrellevar las experiencias ingratas que pusieron en duda el amor verdadero, los escucho, se abrazan de nuevo… cuando lo común es que la gente se empantane en el rencor por cierto tiempo, es que subyazca la indeseada polarización de conductas e intereses, y sobrevenga la natural desconfianza antes del recomienzo. Entonces me quedo así… a la expectativa… me gustó tanto el final, que estaría dispuesta a esperar una segunda parte. Pero escucho que van a citarse en este espacio, que aquí será el siguiente encuentro. En quince días… Y para que juntos vivamos a fondo las razones de su reencuentro, los invito a vivir la experiencia de lectura. Es un trabajo cuidadoso, limpio y muy fluido. Me encantaron los nombres de sus capítulos. Es una cuidadosa, diría impecable y atractiva edición. Puedo decir más, pero sería revelarles demasiado. Enhorabuena, Francisco-Alexey, y, por favor, Nunca dejes de escribirme: soy la más ideal entre tus lectoras reales.





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